Por Lourdes Venegas Solís*
Una arpillera atrajo mi atención durante la revisión de la conferencia de Ojeda (2021), probablemente trabajada a mano por una mujer en el espacio cotidiano y privado de su hogar. Su voz preocupada está bordada en negro “Mi pueblo en manos de los paramilitares”, el cerro con rostro de mujer llora y la muerte de hombres y mujeres se apodera del cauce del río. Pocas son las casitas que quedan en el cerro, la vida ha sido tomada por la violencia paramilitar y el monocultivo, mientras la resistencia es reclamada por el agua e hilo en manos de una mujer.
Monocultivos de caña, piña, café, arroz, banano y palma son algunos ejemplos del extractivismo agrícola que afecta directamente montañas y cerros de Abya Yala, arrasando con economías más pequeñas que han dado identidad a comunidades, permitiéndoles crecer equilibradamente con el ambiente y sobre todo como propietarias. Pero la pérdida no se limita a la autonomía de las comunidades forzadas al desplazamiento, sino también a la naturaleza con la contaminación de fuentes de agua y la tala, que elimina cualquier espacio para que la vida animal y silvestre continúe, el paisaje se vuelve monocromático.
Para la comunidad expuesta por Ojeda (2021) al problema paramilitar se agrega el monocultivo de palma como único espacio laboral. Los hombres son resumidos a la explotación del recurso de mano de obra barata. Dejando de ser vistos como personas y sus derechos son visiblemente violentados a espaldas del Estado que prefiere ignorarlos a aceptar que la explotación se aleja de ser una economía duradera y replicable.
En el escenario de la comunidad de La Palma, frente a las dificultades de sostener la vida digna, el trabajo “legal” es para los hombres de la comunidad con labores de siembra, cosecha y limpieza del producto que permite la extracción del aceite. Son labores agotantes que llevan el cuerpo de cualquier persona al límite, especialmente por el clima extremo que causa deshidratación y por falta de alimentos, sin embargo, son quienes reciben el beneficio del salario que lejos de ser justo, les da ventaja sobre su familia. En La Palma la pobreza es la que florece con mayor fuerza.
Pero, si los actores principales de la obra La Palma son los hombres de la comunidad ¿cuál es el papel que interpretan las mujeres y seres feminizados (infancias, adultes mayores, naturaleza)?
La respuesta no se aleja de la realidad de las mujeres que sobrevivimos el silencioso y firmado contrato social, en palabras de Hidalgo (2006) el contrato social con la mujer se limita a un contrato sexual donde: “se fundamentan las relaciones de poder entre los géneros a partir de la jerarquización, la dominación y la discriminación”.
Las relaciones de poder estructurales, que han marcado la desigualdad social hasta el día de hoy, siguen estando acompañadas de una relación jerárquica entre los géneros, en la que los hombres gozan frente a las mujeres de una posición preferencial tanto en el espacio público como privado. (Hidalgo, 2006, p.5)
Continuando con la comparación de La Palma con una obra teatral, la mujer en La Palma no logró la selección para ninguno de los papeles, únicamente consiguió quedarse como la que limpia el escenario después de cada función y alimenta y cuida a los personajes principales, sin derecho a salario, pero sí a jornadas laborales no formales y extenuantes. No es una obra, es la realidad de las mujeres en la comunidad.
Ojeda (2021) denuncia la invisibilización de la mujer y seres feminizados dentro de la economía extractivista de monocultivo en Colombia, exponiendo la legitimización de la violencia directa e indirecta sobre la mujer, que ocurre tanto en el espacio público de las plantaciones, como en el privado de sus hogares y comunidades, convirtiendo la violencia de género en violencia rutinaria y de lógica instalada. La mujer en La Palma ha sido relegada a los márgenes, asegura Ojeda, han trabajado para La Palma, pero las han dejado por fuera. Ese trabajo que parece invisible sostiene la plantación, nuevamente la mujer sostiene la vida y su labor es menospreciada.
En Costa Rica, el escenario del monocultivo de palma no es tan diferente, largas jornadas laborales en condiciones climáticas extremas afectan la salud de las personas trabajadoras y los salarios bajos ponen en riesgo de sostener una vida digna para sus familias. Según Obando (2024) muchas personas empleadas en la palma prefieren guardar silencio frente a la violencia sobre sus derechos laborales y socioeconómicos antes que afrentar el desempleo, aún cuando tienen la opción de unirse a un sindicato autónomo que les ayude.
Obando también es mujer, quizás la diferencia es que ha obtenido un papel, ella es empleada formal en la palma, entre sus labores está lavar los uniformes de los empleados que fertilizan y llenar con tierra bolsas para la siembra, pero en sus tiempos libres lidera el Sindicato Industrial de Trabajadores de la Palma Africana y Afines (SITRAPA) denunciando las injusticias y luchando por dignidad en administraciones lideradas por el machismo. Obando vive la palma desde cada espacio de su cotidianidad, la palma le atraviesa el cuerpo, quizás ya no hay división entre ellas y ella lo sabe bien, comenzó su trabajo remunerado en los campos de monocultivos costarricenses desde los catorce años.
No parece existir esperanza ni en La Palma colombiana ni en otras comunidades que le asemejan en Abya Yala, mientras el guion escrito no acepte cambios, la vida tampoco lo hará, se necesitarán más bordados, más estudios como los de Ojeda y más voces como las de Obando, Menchú o Cáceres y aún así, estoy completamente segura que no será mi generación la que vea un cambio significativo, si es que en algún momento llega y no solamente continúa siendo un sueño que el nacer como mujer no sea una sentencia de dolor, violencia y muerte.
“Ojalá las mujeres entendieran que juntas somos mucho más fuertes y que si nos apoyamos entre todas podemos hacer grandes cosas” (Obando, 2024)
*Estudiante de la maestría. Texto realizado en el marco del curso Derechos Ambientales, con el profesor Mauricio Álvarez Mora de la Maestría en Derechos Humanos y Educación para la Paz del Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad Nacional. A partir de la conferencia de “Paisajes del despojo, un análisis desde la cotidianidad” Diana Ojeda-Colombia (2021) Dania Obando-Costa Rica
Referencias
Hidalgo, R. (2006). La otredad en América Latina: etnicidad, pobreza y feminidad. Red Polis. https://elibro.una.elogim.com/es/lc/unacr/titulos/19853
Ojeda, D. (2021). Paisajes del despojo: un análisis desde la cotidianidad [Video]. Programa Kioscos Socioambientales.
